Él, él y su maravillosa sonrisa, esa que me pone los nervios de punta cada vez que la veo.
Él y su forma de ser, su forma de hacer que todo lo malo se desvanezca, de hacer que se me olviden los problemas.
Capaz de sacarme una sonrisa en los peores momentos.
Él, que nunca duda en ofrecerme, no su mano, sino su brazo entero cuando lo necesito.
Él, él es el que siempre me ha acompañado, durante mucho tiempo, hasta el fin del mundo, sin importarle lo que viniera después o lo que los demás pensaran...
Que sé que él es la persona que, cuando necesito hablar, no me hace falta llamarlo porque antes de que lo haga, él ya me ha llamado.
Él, y solo él, ha sido capaz de enseñarme cosas que nadie había sido capaz ni siquiera de encontrar.
Él, y solo él, ha conseguido hacerme sentir bien cuando mi autoestima era casi inexistente.
Ha sido capaz de abrirme las puertas hacia mundos nuevos, mundos donde poder encerrarme yo sola y olvidarme del resto de la humanidad, mundos donde reírme a carcajadas, llorar a más no poder o, simplemente desconectar de la realidad.
Gracias a él he sido capaz de sacar lo mejor de mi y capaz de ver el lado positivo de la vida, porque él, sin ayuda de nadie, me ha enseñado a vivir, a ser feliz.
Y ahora es cuando me doy cuenta de que lo necesito, de que necesito tenerlo a mi lado para sonreír, escaparme a esos mundos que él me ha enseñado o simplemente, para hacer algo tan sencillo como respirar.

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